En el parque Roma la vi, cuando algunas de las personas
estaban de regreso a sus hogares, ella llegaba. Eso fue un sábado, o quizás un
domingo de esos de los que uno no tiene muchos recuerdos. Me impacto a primera
vista, a segunda me pareció normal, armoniosa, sencilla. Bebiendo unos mates
mirando como las curvas del ombú se enredaban en la azotea de esa galería, vi
como meneaba sus caderas al pasear, pensé también en el tiempo que tardo aquel
arbusto en crecer y asi calcule sus años… No debía tener tantos como aquel
ombú, quizás solo divididos por tres o un poco menos.
Tomo asiento dos lugares a mi izquierda y con la excusa de
ser zurdo al cebarme la observaba fumar sus Phillips Morris, cigarrillos de su
edad, de jóvenes ansiosos, efímeros e impulsivos. Le ofrecí mates y acepto, no
recuerdo cuantos, pero la yerba se me había acabado. Hacia horas yo estaba allí
sentado y él se lavo. Mercedes la señora que atiende el kiosco no tenia
problemas en obsequiarme agua caliente, pero la yerba tenia su precio y yo no
tenia un centavo. Hacia algunas semanas me habían despedido del restaurant por
reiteradas faltas y no tenia dinero. Ella me ofreció un paquete y acepte, al
fin y al cabo me servía para continuar observándola algún tiempo mas antes de
que el sol caiga, aprovecho y compro una cajetilla de diez. Me dijo que su
nombre era Sofía, le dije que el mio era Martin y bebió con indiferencia, como
si no le importada.
Unas farolas eran nuestra única luz, el parque iba quedando deshabitado asi que apuramos los últimos mates y todo quedo en nada. Solo tuvimos una charla fugaz en la que
no nos conocimos mas de lo que uno se expone en una entrevista laboral,
preguntas y respuestas protocolares referentes al estudio, al trabajo, a la
familia, nada especial salvo algunas miradas color miel. Pero quizás solo era
mi impresión. Nos dimos un cálido beso en la mejilla y cada uno siguió su
camino, yo a mi departamento en Saavedra y ella a la casa de sus padres allí en
Villa Urquiza.
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