viernes, 27 de febrero de 2015

De nuevo y en Palermo.

Me llamo Martin, creo que me conocen algunos de ustedes. Los que no, tenían suerte.

Meses después del fin de semana de enero en el parque Roma la volví a ver, volví a ver a Sofía. Yo me encontraba en la mañana de un día de la semana semidormido en el 140 yendo hacia la facultad de medicina y cuando doblaba en Scalabrini Ortiz la vi comprando en el kiosco de la esquina, supongo que Philips Morris. Realmente entre en pánico, no sabía qué hacer. Una parte de mi quería tocar el timbre y bajar, pero mi parte consciente me decía que no, que iba a aparentar ser un psicópata. Así que tome aire, me puse el traje de demente y baje del colectivo dos paradas después, sobre Cabrera, corrí en busca de su persona. Mientras llegaba a Scalabrini pensando cómo hablarle me encontré en otra disyuntiva que era si llamarle la atención de alguna forma no estúpida o si ir directamente a saludarla diciendo “Sofía? Como estas? Tanto tiempo!”, sin aparentar ser un idiota. La divise a lo lejos, unos 50 metros y camine directamente hacia ella que se encontraba caminando directamente hacia mí, pero con la vista concentrada en abrir sus cigarrillos. Tan estúpido fui que al pasar a su lado solo me anime a golpear suavemente con mi hombro el suyo y seguir caminando sin que se diera cuenta quien fue.

Entienden porque les dije al principio que tenían suerte de no conocerme? Porque soy un idiota, cuatro meses esperando a verla y cuando la tengo frente mío no supe que hacer, de hecho no hice nada.

Espere el 140 nuevamente y seguí mi camino, atormentado nuevamente y pensando en lo inútil que era durante el resto del día. Al llegar la noche, acostado en la cama sin haber cenado y  a punto de dormir todas las luces del departamento parecieron encenderse. Se mudó y vive en Palermo!!!, grité temiendo despertar a los vecinos. Por eso nunca volví a verla en el parque.

Mi nuevo objetivo ahora es volver a encontrarla sin tener miedo de hablarle, sin entrar en pánico nuevamente. Me mudo a Palermo en dos semanas.




L.B.

jueves, 26 de febrero de 2015

FIN

Justo antes de clausurar sus ojos vio un color rubí pintar el cielo y los árboles, pintar granate todo el panorama.

La respiración estaba determinada por una especie de soga que atravesaba su cuello. Solo cortándola podría dar paso al aire hacia el interior de su cuerpo.

El calor del  asfalto, eso fue lo que sintió su rostro al momento que se desgarraba por rozar cruelmente piel con piso, luego carne con piso, hasta desintegrarse dejando en el ambiente un dulce aroma ahumado.

Todos sus músculos quedaron inmóviles luego del impacto, o quizás antes también lo estaban.

Una inmensa batería retumbo en sus oídos dándole a entender que no era el único damnificado. Estaba equivocado, la batería sonaba en todo su cuerpo.

Voló su vida, de principio a fin. Reviviendo en milisegundos esos momentos que lo habían marcado por dentro a fuego. Una foto panorámica de sus seres amados sentencio el final del recorrido.

Pero el grito no fue suficiente, los reflejos no siempre funcionan como uno quiere y así te traicionan cuando más los necesitas.

Él solo buscaba un lugar acogedor donde poder recuperar fuerzas tras un gran gasto metros atrás.

Dejando la vida por beber un sorbo de agua bajo el arrasador sol de verano intenta volver al lugar en el que estaba.

En una disyuntiva se encontró de repente cuando su cuerpo pedía cosas que no tenía. Dejar todo lo que había logrado para empezar de nuevo o seguir hasta el final con el riesgo de la deshidratación y el desmayo.

Así empezó todo…




L.B.

miércoles, 18 de febrero de 2015

En la ciudad.

En ese mar donde arden las promesas unos amantes se juran amor eterno y no les dura mas que dos años. Para que tanto deseo y tanta pasión si fuera de la piel, el corazón esta hueco? Me pregunto.

Tantas caricias con un cuerpo donde morir y sin embargo no se reconoce el sentido del amor. Ellos juegan a quererse pero ni se acercan a la meta.

Aquella tarde fue vital, un grito a su “amado” destrozo un futuro que parecía prometedor. Un golpe en la cara de su “amada” confirmo la perdida. El amor eterno jurado tiempo atras pareció no importarles. Entre platos voladores y un cenicero rebalsado optaron por el fin a la convivencia.

Se quitaron los cuadros colgados, se rompieron fotos, uno de ellos se quedó con la heladera y el otro se llevó al perro.

Como hicieron para dividir la casa de Saavedra en un monoambiente de Palermo y un dos ambientes en Chacarita, nadie lo sabe. Lo cierto es que solo odio quedo entre ellos.

Las tardes de ella fueron en compañía de su mascota. Las tardes de él, en compañía de cualquiera. A ninguno le agrada la soledad y eso está claro.

La gloria pasaron a vivir y felices fueron durante unas cuantas temporadas. Pero nada podría asegurar que así seguiría siendo por el resto del tiempo.

Demasiado orgullo tenían para pedirse perdón, y nunca lo hicieron de hecho. Cuatro veces sus ojos se cruzaron en el subte pero no palabras.


Dos nuevos desconocidos habían nacido en la ciudad.




L.B.