En ese mar donde arden las promesas unos amantes se juran
amor eterno y no les dura mas que dos años. Para que tanto deseo y tanta pasión
si fuera de la piel, el corazón esta hueco? Me pregunto.
Tantas caricias con un cuerpo donde morir y sin embargo no
se reconoce el sentido del amor. Ellos juegan a quererse pero ni se acercan a
la meta.
Aquella tarde fue vital, un grito a su “amado” destrozo un
futuro que parecía prometedor. Un golpe en la cara de su “amada” confirmo la
perdida. El amor eterno jurado tiempo atras pareció no importarles. Entre
platos voladores y un cenicero rebalsado optaron por el fin a la convivencia.
Se quitaron los cuadros colgados, se rompieron fotos, uno de
ellos se quedó con la heladera y el otro se llevó al perro.
Como hicieron para dividir la casa de Saavedra en un
monoambiente de Palermo y un dos ambientes en Chacarita, nadie lo sabe. Lo
cierto es que solo odio quedo entre ellos.
Las tardes de ella fueron en compañía de su mascota. Las
tardes de él, en compañía de cualquiera. A ninguno le agrada la soledad y eso
está claro.
La gloria pasaron a vivir y felices fueron durante unas
cuantas temporadas. Pero nada podría asegurar que así seguiría siendo por el
resto del tiempo.
Demasiado orgullo tenían para pedirse perdón, y nunca lo
hicieron de hecho. Cuatro veces sus ojos se cruzaron en el subte pero no
palabras.
Dos nuevos desconocidos habían nacido en la ciudad.
L.B.