Lo que duró la noche del viernes resulto ser una eternidad. Yo estaba
nervioso porque al día siguiente nos jugábamos la permanencia en primera
división y quizás, si los planetas se alineaban y el DT. se levantaba con el
pie derecho me haría debutar. Cosa que no estaba muy seguro de querer hacer ya
que los nervios eran enormes.
En el primer tiempo por un desgraciado contraataque la pelota pasa como
pidiendo permiso entre las piernas de nuestro arquero luego de que nuestros defensores
se chocaran entre si al querer detener a Corbalán, el siete que tienen ellos
que es una maravilla, es rapidísimo y le pega tan dulce que le saca lustre a la
redonda.
Llevaban transcurridos veinte minutos del segundo tiempo cuando el técnico
con ojos dubitativos y con un tono de voz como si no estuviera seguro de lo que
estaría por decir, me dice <<Pibe, anda a calentar>>. Quería
descomponerme, que la tierra me tragase, morir. El marcador continuaba cero a
uno y encima el segundo gol estaba al caer.
De repente el juez pita una falta por demás subjetiva a treinta metros de
nuestra meta. El siete se coloca detrás de la pelota a unos 5 pasos y por un
instante me pareció ver que tenía entre ceja y ceja tatuado nuestro arco.
Paré con los trabajos de calentamiento y me dispuse a pellizcarme la zona
intima masculina, del lado izquierdo. Vi en cámara lenta a Corbalán pegándole a
la pelota con una delicadeza tal que si hubiera sido un huevo de gallina
gigante no se hubiera rajado de ninguna manera. La pelota suavemente le da un
beso al poste derecho de nuestro arquero en la cara externa y se pierde por la línea
de fondo. Nos queda una vida más en esta guerra pensé, y seguramente también lo
pensó desde el presidente del club hasta el canchero Ramón.
- Cambio juez!. Grita el DT. y me mira. - Adentro pibe!
Salió Fortunato por mí al minuto veinticinco, un volante por derecha por uno
al que le temblaban las piernas en cualquier parte de la cancha.
La pelota iba y venía, yo corría para un lado y para el otro molestando tan
solo al camarógrafo que desde donde estaba ubicado mi cuerpo siempre le tapaba
la jugada.
Por una de esas maravillas que tiene el fútbol se sanciona un córner a
nuestro favor. Obviamente la jugada se gestó en la otra banda y obviamente el
camarógrafo no pudo capturarla.
Faltaban cuatro minutos para que finalice el partido y aún no había tocado
ni las pelotas de reposición que se usan en los laterales. Era mi debut y mi
defunción si todo terminaba así, perdiendo descendíamos, necesitábamos si o si
el empate para poder descansar hasta la próxima temporada.
Ahí fue cuando el zurdo Mansilla pidió patear el córner. Con una frialdad
que te carcomía los huesos la manda que parecía al centro de la cancha, pero
por el tema de la física y la aerodinámica en el fútbol cambia de rumbo y se
dirige al punto de penal. Yo estaba parado a menos de dos metros de la manchita
circular del pasto. Nunca había estado ahí en mi vida, ni sabía que existía esa
parte de la cancha.
Tenía que aprovechar esa ocasión, el zurdo me tiraba esa pelota a la cabeza
para que pueda mandarla a guardar y nos vayamos todos felices al vestuario. Un
grande el zurdo.
Eternos los segundos desde que Mansilla pateó hasta que la pelota empezó a
bajar. Entre el sol que cegaba mis ojos y que la redonda estaba cada vez más y más
baja sentía más y más presión. Resolví por tomar aire, cerrar los ojos, saltar
y si dios existe, clavarla en un ángulo. Al mover el cuerpo para poder acertar
el cabezazo correcto me pareció ver nuevamente el sol, pero lo que vi realmente
cuando abrí los ojos y pude ver a través del césped fue a la arquero dándole un
puñetazo al poste y a todos mis compañeros corriendo a abrazarme y felicitarme.
Goooollll!!!!! Nos salvábamos.
Y nos salvamos. Empatamos la guerra lo que nos bastó para respirar hasta la
próxima temporada. Felices!
Al día siguiente cuando me desperté, vi a un sujeto vestido de blanco que
hurgaba en los cajones de lo que parecía ser mi mesa de luz. Intenté sentarme
para detener a ese que me parecía un delincuente pero me resulto imposible. Tenía
la cabeza atada a un aparatejo extraño, como los que se ven en las películas en
escenas con personas a punto de ser torturadas.
- Que es todo esto? Quien es usted?.- Le grito mientras sentía no reconocer
mi propia voz.
- Disculpe, señor, soy el Doctor Goldstein, su neurólogo.
- Neurólogo? Que quiere decir? Que está pasando aquí?.-Me sentía cada vez más
y más asustado.
- Mantenga la calma señor Ramírez. Usted ha estado en coma durante dos meses
luego de sufrir un duro golpe en la nuca. Debe descansar. -Su voz resultaba
relajante.
- Un golpe? Dos meses?.- Sentí en ese momento que las ruletas paraban de
girar en todos los casinos del mundo, que se sincronizaban los picos máximos de
ansiedad en todas las situaciones existentes y grite.
- Nos fuimos a la B??!! Nos fuimos a la B!!!!
L.B.